Recuerdo cuando vi a Jesús, estaba sentado en la tierra, al borde de lo que parecía una montaña. Y desde lo más alto observaba Jerusalén, en silencio, tan sereno, como si no supiera lo que le esperaba. Allí de espalda hacia mi en esa tierra tan naranja, la rama de un árbol sobre su cabeza, los apóstoles preparando comida en una especie de campamento improvisado, y muy seguramente clandestino. Corro hacia él desesperada, estaba feliz de verlo pero a la vez ansiosa, me siento a su derecha y le digo : - Te estaba buscando, necesito hablar contigo, necesito que me ayudes, estoy viendo...
Y sin moverse, ni girar su rostro para mirarme, tan calmado y sereno me interrumpió diciendo: - "Calma, mira"...
Me quedé sentada a su lado observando el horizonte, respirando profundamente una sensación de paz y amor tan grande, que dichas palabras se quedan diminutas y carentes del verdadero significado, y del sentir de lo que escribo y experimenté sentada a su lado. No era el paisaje, no era lo que mostraba Jerusalén de aquella época. Era él, su presencia, lo que me transmitía a través del roce de su aura con la mía, anulando completamente mi ansiedad y desesperación.
Nos quedamos en silencio un rato disfrutando del atardecer, me levanté y él también lo hizo, lo abracé y le dije: - ¡Gracias!. Y el me respondió: - No tengas prisa, vuelve pronto, yo estoy contigo.
Nunca regresé...
Tenía 11 años y no sabía absolutamente nada de la vida, ni que podía salirme de mi cuerpo y viajar al pasado para buscar a Jesús. Para contarle que había visto una niña etéria que no me dejaba dormir y sabrá Dios que más de mi ser de esa época tenía para decirle; ya que fui vestida para la ocasión, tenía su edad en ese espacio del tiempo, en ese viaje. Cerré los ojos como niña y desperté allá como mujer.
Esa fue la primera vez que supe lo que era meditar, y como se siente La paz y el amor. Más allá de sus palabras de las cuales puedo sacar un sin fin de significados y moralejas. Fue lo que sentí, el regalo más grande y valioso que me han dado en la vida, ese viaje.
En esa montaña supe el verdadero significado de la contemplación y la aceptación de la vida, el goce del presente, la fuerza de luz divina. Porque él me llevó a su estado de paz con dos palabras, sin moverse ni alterarse por interrumpirlo. La humildad de estar sentado en la tierra en lo que seguramente era su momento sagrado de diálogo interno y/o con Dios; y en vez de ignorarme, evadirme, o molestarse, me invitó a contemplar con él el atardecer. Un hombre que sabía lo que le esperaba, sabía quién era y qué hacía allí, para que fue enviado y el dolor que tenía que vivir. Y aún con todo eso en su mente tenía el tiempo y la disposición honesta y amorosa para hablar con Dios y sentir su paz, contemplar su creación con gratitud y admiración. Porque sabía que Dios está en todas partes, pero principalmente en la naturaleza, en el Sol...
Dios está en todo y en todos.
Gracias a Jesús cuando experimento un problema, situación desagradable o agradable; primero lo vivo en totalidad, sea cual sea la situación, aunque reaccione, discuta o no, yo miro...
Antes solía interrogarme al estar sola, preguntarle al Tarot o a mis guías por qué estaba viviendo eso, qué podía sacar de esa experiencia. Y las respuestas llegaban pero yo no asimilaba lo que hoy asimilo.
Después de escuchar a varias personas hablar de diferentes temas, uno de ellos activó éste recuerdo en mi. Y gracias a la capacidad de recordar y "volver a vivir ", y de la experiencia adquirida a través de los años; hoy puedo decir que estoy trabajando en respetar ese orden, en el cual el primer paso que es calmarme, y el segundo mirar. Hay un tercer paso que no me dijo Jesús con palabras, pero sí con su ejemplo. Me mostró en ese momento que el tercer paso era aceptar, fluir con lo que sucede. Y en eso también trabajo hoy.
Debemos reconocer de una vez por todas que hay algo superior a nosotros. Que hay muchas cosas que no sabemos por más que nos las digan, que las leamos y estudiemos, no nos consta hasta que la experimentamos. Debemos bajar la cabeza y desarrollar humildad, dejar que Dios/Universo haga lo que tenga que hacer y tú lo sigues, aportando lo que quieres y puedes aportar según tu equipaje espiritual y nivel de conciencia.
Todos somos necesarios para todos, todos los trabajos son de Dios porque en todos hay oportunidades de crecimiento, aprendizaje y prosperidad. Todos somos dignos de entrar en su casa, la creencia en esa frase cliché que siempre me hizo ruido en la iglesia, nos hizo creer que nuestro Dios estaba separado de nosotros y que teníamos que ser como otros para poder "ser dignos" de llegar a él. Cuando la verdad es que está dentro de nosotros y al mismo tiempo afuera, porque vive y se mueve en todo lo creado. Siempre estuvo, está y estará disponible para ayudarte y escucharte, sin importar lo que hayas hecho. Porque conoce a cada alma, los procesos de la vida y su finalidad, nos envió a todos con una historia escrita y con el libre albedrío por si no nos gustaba lo que él escribió, desarrollaramos la capacidad de escribir y cambiar nuestra historia. Pero ¿Quién cómo Dios?, ¿Quién escribe mejor que él?...
Parece que todos siempre saben lo que es mejor para ti. Nos llenamos de etiquetas unos a otros, y no somos capaces de ver la esencia de las cosas y de las personas. No hay opiniones correctas o incorrectas, hay opiniones. No hay vidas perfectas ni miserables, ¡hay vidas!, con lecciones que aprender en cada una de ellas.
Yo no veo personas con etiquetas, yo veo almas con trajes, y en ocasiones las veo con máscaras. En momentos me dejé llevar, también usé mis máscaras; usaron mi máscara y cuerpo para vivir a través de mi muchas veces. Es decir no soy pura, ni santa. Soy un alma que cometió muchos errores, que puso muchas etiquetas a otros y a mi misma por enfermar de dolor y rabia. Nadie está libre de eso, nisiquiera el mejor terapeuta, gurú o maestro Zen. De ser así ya no seguirían aquí , ya hubiesen trascendido. El ciclo de la vida se repite una y otra vez dentro de una misma vida y la resistencia a eso es lo que crea sufrimiento.
No sé trata de pecar y seguir pecando, ni de quedarse en la culpa o en la acusación, sino en transcender tu oscuridad, enviar tus demonios a luz o al centro de la tierra, perdonarte a ti mismo y a los demás y pedirle a Dios que escriba contigo nuevas y mejores historias, aprender y sanar de forma diferente sin tanto drama y sufrimiento. Y él lo hará.
Yo sé que lo hará...
Gracias por tomar un poco de tu tiempo para leer lo que escribo. Ese simple gesto ya tiene valor para mi. Te pido perdón si te he ofendido o lastimado en ésta u otras vidas. Perdóname si te hice daño y te cobré algo que no sabías que me debías. Perdóname si te cause dolor. Yo todos los días intento perdonarme, porque también me hice daño a mi misma. Esto es en caso de que creas saber quien soy, o si solías pensar que lo sabías. Debes saber que hoy soy un alma intentando ser la mejor versión de si misma. No por la obtención de buenas etiquetas, o porque quiera ser catalogada como buena persona, sino porque el ser yo misma me hace sentir feliz, tener paz y conexión con Dios. Me hace aceptar lo que pasa reconociendo el proceso como educativo, y me permite disfrutar de lo simple y ordinario del día a día. Me hace ver lo bello de la vida y de las almas pase lo que pase, digan lo que digan.
Lo siento, perdóname, te amo. ¡Gracias!
Te envío luz 👐
💚🌾
Johanna Yánez.